El trabajador adulto y su aporte al talento humano

¿Es posible plantearle metas distintas a un mundo que se precia de ser veloz, de entregar resultados inmediatos, y que busca como fin último el éxito financiero, la juventud y la belleza?

Ya no es extraño ver cómo se arrincona a la persona que, por su edad, filosofía, o estilo de vida, se aleja de esos parámetros. Desalienta ver la indiferencia de una sociedad hacia el conocimiento y la sabiduría que puede aportar el adulto a cualquier grupo de trabajo, y más, al de los jóvenes. Qué lejanas son esas escenas de la literatura y del cine donde al más anciano de la tribu se le consultaba por la estrategia para superar una crisis o ganar una batalla. La inmediatez, la reactivad, e incluso el temor, son las conductas que se aprecian y se incentivan para lograr los objetivos empresariales. Es una pena sentir que la experiencia y la memoria, insumos fundamentales para una decisión asertiva, caen en desuso.

No quiero invalidar el aporte maravilloso que la juventud, la innovación y el conocimiento de las nuevas tecnologías ha traído al mundo contemporáneo. Bienvenidos son todos los impulsos creativos que hacen que la sociedad avance a través de los desafíos que se le plantean en el día a día. Pero aún más, deberían ser bienvenidas las inteligencias diversas, los talentos, y los cerebros que se esfuerzan por permanecer vigentes en el presente vertiginoso, en constante cambio. Es cierto que el joven está totalmente preparado para asumir los retos que se le puedan presentar; pero también lo es, el adulto que se interesa por ser un aprendiz constante, flexible, en todas las etapas de su vida. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre ambos: mientras los jóvenes son de intereses fluctuantes, y poco permanentes; el adulto echa raíces, elabora sentido de pertenencia. Necesita compartir su conocimiento y desarrollarse junto a la empresa.

Por eso, es importante considerar la inclusión de trabajadores maduros junto con los jóvenes. Es necesario ese diálogo intergeneracional, esa interacción, la dinámica constructiva donde los unos toman impulso, retan a los otros a llegar más allá, imaginan nuevas posibilidades. Luego, podrán intervenir los adultos para hacer las pausas necesarias, plantear los análisis, llegar a la profundidad: así, juntos podrán entregar un producto más balanceado y sofisticado.

Es vital recuperar la resonancia que la voz de la experiencia trae a la toma de decisiones y al diseño de estrategias exitosas en el ámbito laboral. Hay que abandonar los temores y los prejuicios alrededor de la contratación de un trabajador adulto, e integrarlos a los grupos de trabajo. Si la prevención existe por temas legales y contractuales, esta se podría superar a través de un diálogo claro y directo con el trabajador. Delimitar alcances, aterrizar expectativas: hacer acuerdos sinceros y beneficiosos para ambas partes dentro del marco legal.

¿Por dónde se podría empezar a construir esta vinculación? ¿Qué se implementaría desde Talento Humano, para que en nuestros grupos de trabajo se den estas interacciones enriquecedoras entre colaboradores de todas las edades, empresa y sociedad?

Habría que desmantelar los prejuicios y los estereotipos: no se es adecuado por ser joven ni obsoleto por ser mayor. Por el contrario, se es adecuado porque se es abierto al aprendizaje continuo, a las miradas nuevas y distintas, a no temerle a la diferencia del otro, aunque parezca un detractor. Entender que no solo soy competente por mis conocimientos, títulos o cargo; sino por mi flexibilidad, adaptabilidad, transparencia para mostrarme y ver a los demás. En últimas, ofrecer madurez emocional.

Hay que hacer un replanteamiento de las estrategias de contratación: sin olvidar todos los procesos necesarios para dar con el mejor candidato a un cargo, la decisión final no debería estar limitada por la edad. Por el contrario, esta debería reafirmar una buena selección.

Suena un poco idealista, lo sé. Pero no debemos olvidar que la edad no es un impedimento para contratar a un colaborador en los países desarrollados. Allí, se aprecia al individuo en toda su integralidad. La practicidad del mundo contemporáneo no debería incapacitarnos para buscar mejores formas de vivir y de relacionarnos. Deberíamos hacer procesos selectivos más empáticos y humanos.

El término “humano” se le atribuye a la antigua Grecia. Dicen que ellos, tan aficionados a las olimpiadas y a la perfección física, pensaron que, así como se podía moldear el cuerpo a través del ejercicio, también se podría moldear el pensamiento a través de la práctica de la filosofía. Es decir, las humanidades, lo humano, son el camino por excelencia para nuestro perfeccionamiento espiritual como sociedad. Entonces, ¿por qué no plantearse el mejorar nuestro entorno a través del ejercicio de un Talento Humano transformador? Valdría la pena pensarlo más allá del llenar vacantes para cumplir con necesidades inmediatas o urgentes.

Creo que la adultez de un porcentaje importante de los colaboradores de una empresa debería ser tenida en cuenta como objetivo. Activaría el diálogo intergeneracional, aprovecharía la diversidad. Daría la posibilidad de encontrar nuevas soluciones y descubrir nuevos talentos. Al abrir nuestra mente corporativa, borraríamos limitaciones caducas, nos arriesgaríamos a ser diferentes, creativos.

 

Columnista invitado:

 Hugo Reyes Saab. Filósofo, Literato y Escritor.

Diseñador – Guionista de Talleres de Filosofía del Servicio al Cliente.

En últimas, son las decisiones arriesgadas pero asertivas las que nos conducen al avance como empresa y como sociedad.